Afirmar que el conocimiento es una construcción colectiva podría interpretarse como un
axioma o una simple perogrullada. No obstante, esta idea aparentemente sencilla encierra
un complejo entramado de relaciones culturales y sociales. Así, la pregunta relevante no es
ontológica, sino surgida de la razón práctica: ¿Cuál es la importancia de reconocer que el
conocimiento es el resultado lógico de las interacciones necesarias para su construcción en
sociedad?
Si el conocimiento es inherentemente comunitario, cabe entonces preguntarse: ¿Puede un
pequeño grupo reclamar para sí, de forma absoluta e incuestionable, la propiedad sobre saberes
construidos, inevitablemente, a partir de otros preexistentes? Esta interrogante generadora,
plantea otras derivadas de ella, entre las que destacan: ¿Resulta moralmente aceptable reservar
el conocimiento para grupos particulares? Y en un plano funcional, ¿Es siquiera posible evitar
que el conocimiento sea enclaustrado?
Intentar resolver estas preguntas desembocaría en interminables disertaciones filosóficas.
No obstante, el propósito de este introito es trazar un hilo conductor diferente: el carácter
transformador del conocimiento dentro del ámbito social, un concepto que engloba y da
sentido a las anteriores inquisiciones. Bajo esta óptica, si el conocimiento se interpreta como
un catalizador de cambios sociales, ello deconstruye por sí solo la noción de conocimiento
cerrado o privativo.
Precisamente porque el conocimiento es un motor de transformaciones sociales, no debería
ser instrumentalizado, es decir, no puede ser reducido a un mero medio para alcanzar fines
particulares. Por el contrario, el carácter trascendente de sus consecuencias —especialmente
a través de los desarrollos tecnológicos que genera— hace imperativa la inclusión de las
comunidades impactadas por dichas transformaciones. Quienes resulten afectados por los
cambios impulsados por el conocimiento tienen, por tanto, un derecho inherente a ser partícipes
de él.
Esta visión del conocimiento como bien público, se materializa en Venezuela no como una
mera preocupación, sino como un principio activo que concibe a la ciencia y la tecnología como
motores de desarrollo social. Para que este principio sea efectivo y conduzca a una inclusión
genuina, la difusión libre del saber se erige como un pilar fundamental. Es aquí donde las
publicaciones de acceso abierto cumplen un rol indispensable: ofrecen a los creadores un canal
para divulgar sus contribuciones sin restricciones y, al mismo tiempo, garantizan que cualquier
persona interesada pueda acceder a ellas y conectar con los temas de su interés.
En el entramado institucional venezolano del área científica, el Centro Nacional de
Desarrollo e Investigación en Tecnologías Libres (CENDITEL) representa un actor pivotal.
Su labor trasciende la investigación y el desarrollo para incorporar de manera explícita la
reflexión crítica y la apropiación social del conocimiento. Estos procesos son esenciales para
imbuir la generación de ciencia y tecnología en un marco ético y moral pertinente al contexto
sociocultural, asegurando que su construcción no sea ajena a la sociedad a la que sirve. Es
esta intencionalidad la que orienta todo su quehacer, haciendo que el conocimiento tecnológico
tribute de manera consciente y significativa a su entorno.
Esta filosofía encuentra una de sus expresiones más concretas en la Revista Conocimiento
Libre y Licenciamiento (CLIC), una publicación científica forjada bajo el principio del
conocimiento como un bien público y, por lo tanto, inherente a una creación social libre. En su
trigésimo segundo número, ofrecemos a los lectores una diversa variedad de artículos científicos,
ensayos y experiencias. Con ellos, no solo pretendemos informar, sino también inspirar una
participación activa. Quedan, pues, cordialmente invitados no solo a leer, sino a convertirse en
actores protagónicos de la construcción de un conocimiento que transforma la sociedad.
Carlos González
Equipo Editorial
DOI: 10.5281/zenodo.17466221