Decolonizando-me por medio de la Música Afrovenezolana

Decolonizando-me por medio de la Música Afrovenezolana


Por: Sonia Jaramillo

Fotógrafa y Artista Visual


La más sincera verdad es que yo crecí en una familia de caraqueños amantes de la música anglosajona de los 60, 70 y 80. Confieso que yo nunca escuché en mi casa ni siquiera un joropito. Inmersos en las convulsiones políticas de los años 70 y ajenos a su propia cultura como venezolanos, mis padres jamás me inculcaron el amor por las tradiciones nuestras.

En casa de la abuela paterna, nacida y criada en los Llanos de Apure disfruté de las arepas de maíz pilao, el pabellón, consomés, cruzados y dulces criollos pero las visitas a su apartamento en Caracas no eran tan frecuentes y ella poco conversaba sobre estos temas. Por otro lado, mi abuela materna, casada con un juez y con una vida bastante cómoda, siempre contó con la asistencia de señoras de servicio que se encargaban de todo, por lo que su dedicación a las labores hogareñas era mínima y poco le inculcó a sus hijas, entre ellas mi madre, el amor por la cocina, a quien más le entusiasmaba comer en la calle “comida chatarra”.

Por supuesto que en mi casa se escuchaban algunas canciones en español, sobre todo cantadas por Alí Primera, Lilia Vera, Mercedes Sosa, Víctor Jara, Violeta Parra o Facundo Cabral; la música latinoamericana también se valoraba, pero más que por su esencia cultural, por su contenido ideológico reivindicador de la clase obrera. En una familia de izquierda latinoamericana de los años 70, conocer, comprender e introyectar estos discursos se torna casi obligatorio para formar la conciencia de clase en los hijos, además de afianzar una postura en todos los ámbitos.

Sin embargo, mi familia no había tomado en cuenta la importancia de la identidad nacional para lograr una educación liberadora y decolonial, su influencia ideológica venía de los filósofos europeos, al igual que la comprensión que se tenía de la historia universal y nuestroamericana. Los métodos de investigación que validaba mi padre, y que, aún valida, son positivistas y negadores de los saberes originarios, tachándolos de ignorancia y superchería.

A mí, como a muchos venezolanos que fuimos niños en la época del “ta barato dame dos”, me criaron mezclando realidades que no eran las nuestras con aquello que creíamos que sucedía en nuestro entorno, acostumbrándonos a esgrimir consignas que poco nos representaban. Siendo mi madre educadora y pianista, y mi padre un amante del estudio de la historia, experto en derecho, política y teología les faltó darse cuenta de la trascendencia que puede tener en nuestra vida conocer, valorar e identificarnos con nuestra propia esencia e intuición ancestral.

Esa identidad cultural tuve que construirla por mí misma, atreviéndome a participar en las actividades de las escuelas a las que asistí, cuando migramos desde la capital venezolana a Lara “la tierra crepuscular”, un estado del país reconocido por su gran cantidad y variedad de cultura para ofrecer. Fue increíble encontrarme gradualmente, sobre todo a medida que logré ejercer el libre albedrío, tantas recetas, palabras, artesanías, tejidos, lozas, plantas medicinales, ritmos y movimientos de danza y hasta las artes marciales expresadas bellamente en la pelea del garrote.

Mis padres me apoyaron para que estudiara en el conservatorio, que bailara ballet, e incluso que estudiara en la escuela de Artes Plásticas, y lo hice con todo gusto porque sabía que el arte era mi vida. Y aunque es un hecho que estas son las expresiones coloniales del arte, impuestas a través de la dominación eurocéntrica tan instalada en nuestras dinámicas culturales, estoy y estaré siempre muy agradecida porque en realidad deseaban que yo fuera una mujer culta, una mujer que pudiera tener acceso al pensamiento “universal” sin ninguna limitación o carencias.

Ellos, alentaron mi curiosidad y mi necesidad de independencia, mi sentido crítico y mi autoestima. En mi interior surgió la necesidad de comprender este entorno seductor, aproximándome a través de la danza, la música, el canto, la plástica y la fotografía, a nuestras manifestaciones culturales tradicionales. Estos caminos transdisciplinares me dieron los insumos para construir una carrera en las artes, o más bien, una vida dentro de las artes, sumando experiencias, estudios y retos constantes que me han permitido ir tomando forma por dentro y por fuera para reconocerme.



Figura 1: Encuentro fotográfico de San Felipe, Yaracuy.
Fuente: Sonia Jaramillo (2011).


Mientras me formaba como diseñadora gráfica, empecé a crear escenas y explorar el entorno que me rodeó, utilizando la cámara fotográfica. Fui construyendo mi camino al andar, mi nombre, mi espacio en la escena artística, y a medida en que crecí transmití mis conocimientos a todos cuanto pude ya que llevo en la sangre la vocación docente. Aproveché cada oportunidad para aprender más, llegar más lejos y a más gente, y con esto liberarme de gran parte del peso histórico y cultural, para ver y verme con una mirada más limpia.

Veintiséis años ininterrumpidos activando el obturador, en solitario y en colectivo, se volvieron parte del currículum. Sin embargo, empezaron a ser insuficientes para llenar mi necesidad de experimentación, porque el cuerpo y el alma ahora estaban pidiéndome palabras. A raíz de mis viajes, conocer y comprender la vida de Maestros de tradición, se transformó en mi nueva pasión. Entender el pasado, tomar consciencia de mi proceso, mirándome en el espejo de la vida de otros buscadores de tesoros, quienes se dedicaron a compartir el botín de sus muchas exploraciones para así imaginar los incontables futuros posibles.



Figura 2: Tocando el alma de Soto.
Fuente: Sonia Jaramillo (2011).


Entonces, apareció la pandemia del COVID-19 que me atrapó en el llano guanareño obligándome, o más bien, dándome la oportunidad para hacer silencio, estar sola, rodeada de plantas, animales, estrellas, de explorar las capacidades de mi cuerpo adelgazado por la escasez económica, pero más sano, más liviano en todo sentido; aprovechando la oportunidad para reír y sufrir dialogando con mis propios pensamientos, aceptando la incertidumbre, aceptando la muerte... aceptando la vida.

A mí, como a muchas madres, me tocó ver partir a mi único hijo hacia otros territorios, encontrarse con culturas distintas y lejanas precisamente en los tiempos aciagos del 2020, ese año en que vivimos en extremo peligro. El miedo y la valentía para seguir adelante me motivaron para escribir en serio cuentos, poemas, reflexiones filosóficas y mensajes de texto que generaban intensos y largos debates en grupos de Whatsapp, creación de letras para canciones y arreglos de letras que ya existían. Así como escribir y publicar se convirtió en una prioridad –porque ese inmenso caudal de ideas requería ser compartido– nació Lolita Pequeña, obra publicada gracias al fondo editorial Carmen Delia Bencomo años después, y otros cuentos y poemas, algunos de los cuales se publicaron en la revista literaria Logonautas, arte y letra. Igualmente, la plataforma Aporrea publicó mis artículos políticos, simplemente me atreví y acerté.



Figura 3: Cuento Lolita Pequeña, Fondo Editorial Carmen Delia Bencomo. Escrita en 2019 y publicada en 2024.
Fuente: Sonia Jaramillo (2024).


Después de muchos andares, me encontré en la ciudad de Mérida a los cincuenta años, como ya lo había previsto desde mi juventud, porque siempre soñé con hacer de estas montañas mi hogar definitivo (quizá sea así, aún no lo tengo decidido). Luego de un breve lapso de tiempo, me integré a colectivos conformados por serios y comprometidos investigadores e investigadoras de la cultura venezolana, buscadores que han aportado desde lo individual y grupal, para visibilizar y promover nuestras raíces afrodescendientes, sin detenerse o prestar atención a quienes les descalifican, tan solo por ser capaces de profundizar en temas y procesos que, para muchos, son tabú. Me identifiqué de inmediato con su pasión y me reencontré con la chispa aventurera que necesitaba.

Entre ellos, encontré mi lugar de enunciación, en este proceso tan retador para aprender “nuevos - viejos” códigos desde el ABC, a estas alturas de mi vida. Comencé moviendo mi cuerpo, despertándolo, convocándolo y lo logré, gracias a la experiencia vivida en el Laboratorio de Investigación de Culturas Tradicionales en nuestra Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE) de la sede merideña, con el maestro Ygnacio Porras, un amigo invaluable y hermano de búsquedas espirituales. Le dediqué toda mi energía y mi intención investigadora durante el tiempo que me fue posible cosechando preciosos frutos.

En este ejercicio, me convencí de que ya tenía las herramientas necesarias para terminar de soltar los lastres que aún me quedaban de ese pasado lleno de códigos anglosajones y eurocéntricos, que la mirada y el hacer decolonial se volvió urgente e impostergable. Entendí que ya no se podía retrasar más la misión de liberarme de esas ataduras, mientras aprendía a mover mi cuerpo por secciones, saboreaba las frutas y sentía el frescor del río en mi imaginación, al ritmo de tambores que acompañan los cantos a Ochún y Oggún. Mientras bailaba joropo llanero y tuyero, danzaba como los Diablos Danzantes del Corpus Christi y los Locos y Locainas, me movía al ritmo de la salsa, descubriendo por mí misma, su conexión con el vals europeo y el tamunange ¿Qué brujería es esta?.

Cada experiencia ha resultado profundamente enriquecedora para mí, alentándome para continuar este proceso, investigando también la música afrovenezolana con Kalamba Tambor, junto a mujeres que han vivido historias similares a las mías, quienes han estudiado en universidades, procedentes de grandes ciudades y se saben muchas canciones en inglés como yo, mujeres que jamás imaginaron interpretar melodías y ritmos afrovenezolanos, mucho menos en los andes merideños. Ellas también fueron marcadas por la dinámica urbana y recién, a su edad madura, experimentan con emoción la herencia africana originaria, códigos que llevan en su sangre, que siguen vivos latiendo en los tambores de nuestras costas caribeñas, en los bosques tropicales, así como en las montañas habitadas por los descendientes de los africanos que fueron esclavizados y que tanto sacrificaron para conquistar su libertad, preservando su identidad cultural bajo capas y capas de sincretismo.



Figura 4: Tambora que se usa para la Gaita del Sur del Lago.
Fuente: Sonia Jaramillo (2025).


Kalamba Tambor me enseñó a cantar escuchando los sonidos del pueblo y el valor de los instrumentos más accesibles y sencillos que pueden existir, aunque no por eso fáciles de tocar. A través de los sonidos entendí cómo mis ancestros se comunicaron creando música, arte y cultura desde la vivencia cotidiana, desde la fe, la resistencia y el sentido de la familia, de la tribu. Me ofreció la oportunidad de experimentar en un espacio seguro y sororial, utilizando los mejores y más variados instrumentos y siendo orientada por verdaderos maestros de tradición, patrimonios vivos venezolanos.



Figura 5. Agrupación femenina de musica afro venezolana Kalamba Tambor.
Fuente: Sonia Jaramillo (2025).



Figura 6. Cumaco, instrumento percutivo que se utiliza en golpes y sangueos de los ritmos afro en las costas venezolanas.
Fuente: Sonia Jaramillo (2025).


Para obtener herramientas que me permitieran sistematizar esta y tantas experiencias, me decidí a cursar una hermosa maestría ofrecida en nuestra UNEARTE, llamada Arte y Culturas del Sur, como su nombre lo indica busca abordar los temas del arte y la cultura desde la mirada del sur global en una exhaustiva exploración epistémica, tan apropiada, tan perfecta, para integrarse con mis búsquedas. En ella me he permitido profundizar en el tema de la tradición, memoria colectiva y los saberes ancestrales que transversalizan todo el conocimiento que validamos.

Yo sigo entusiasmada, cada día más. Convencida de estar descubriendo la vibración de estos nuevos viejos sonidos, en mi voz que canta las historias de los abuelos de mis abuelos, en los colores diversos que se dibujan en mi piel, en mi pelo afro, en mis rasgos sonrientes y resilientes, encontrando una mirada que brillaba en mi interior desde antes de nacer.



Biografía

Sonia Jaramillo Sanoja, Licenciada en Artes Plásticas mención Fotografía, Música, Diseñadora Gráfica. Museógrafa, novel escritora, investigadora etnográfica en las áreas de la música, la danza, la literatura y la imagen, docente de UNEARTE desde hace más de 15 años, en los Centros de Estudio y Creación Artística (CECA) de Portuguesa y Mérida, maestra honoraria de la universidad desde el año 2018. Actualmente directora del Plan Nacional de Formación en Artes Plásticas y Proyectos Artísticos Comunitarios en el CECA Las Heroínas. Cuenta con más de treinta y cinco años de dedicación en proyectos artísticos y culturales, propios y colectivos a lo largo y ancho del territorio nacional.