Entrevista a: Adelaida Viana
Floricultora y Caficultora
Por: Dionys Cecilia Rivas Armas
José Gregorio Aguiar López
Figura 1: Adelaida Viana en el sector Manzanares de Galipán.
Fuente: Rivas y Aguiar (2025).
En las empinadas tierras, donde el viento es
caricia fría, el café artesanal aprende a esperar,
o mejor, a obviar al tiempo para narrarlo. Allí,
muy lejos del nivel del mar, las horas se miden en
neblina densa. Las raíces de cada planta sembrada
cumplen la instrucción dada: aferrarse a su espacio,
nutriéndose de la historia que Galipán encarna.
Leemos la poesía roja del alba, moldeamos las
semillas en chapolas, como si fueran unas niñas que
estamos criando y les susurramos que la altura que
les ha sido dada para vivir es una bendición, que
dará acento a su futuro sabor en boca, como un
Kairós perpetuo. Así, el pique hace de lo industrial
una dinámica artesanal, diluye sus diferencias en
un breve espacio de planchas de zinc que es tocado
por las brisas.
Es entonces, cuando los granos de grado óptimo
de madurez alzan la mano, transformados en
cerezos de lentitud sagrada que viajarán en el
cesto de mimbre, dejando que su miel profunda
y lentamente devele su sabor por venir. Luego de
un minucioso viaje, pasa a ser molido y es una
exclamación imponente que hace de sí su rúbrica.
Cada sorbo de ese café es un viaje de regreso
a Galipán, es como aire limpio y bonito, es tierra
empinada con ese aroma a humedad característico
y a rocío, que es paz profunda y silencio de las
cayenas, donde solamente existe en ese pequeño
cuarto de zinc con nubes que descansan dentro.
Es, sin dudas, un sorbo de la montaña hecha
aroma. . .
“Galipán es bello, es un paraíso”
El volver a los recuerdos es la naturaleza
profunda de nuestro encuentro en el mundo entre
realidades y sueños, es reflexión e imaginación que
da permanencia a las palabras y al poder que en
sí mismas emanan: “Con esos significados que van
de lo humano a lo divino, de los hechos tangibles a
los sueños, las palabras reciben cierta densidad de
significado” (Bachelard, 2011, p.59). Las palabras
como instrumento para nombrar han sido definidas
y redefinidas múltiples veces desde quienes la usan
para delinear un pensamiento o como frenesí para
develar la sabiduría de los pueblos.
Así, nos encontramos con la feminidad de la
palabra entre el día y la noche, el cielo y la
tierra, la montaña y el mar, en un ir y venir
del pasado y el presente que armónicamente se
acompañan para avivar el mundo que se vive,
siente y sueña en palabras, donde: “De lo familiar
amado a lo sagrado personal no hay más que un
paso” (Bachelard, 2011, p.60).
Caminemos con las motivaciones afectivas,
imágenes y pensamientos de Adelaida, para juntos
comprender el vínculo entre la imaginación y la
memoria, para dibujar su pasado como poética de
la infancia que alimenta su vida hoy, el tiempo que
cuenta “recuerdos puros” estacionados y andados
en las florecidas tierras de Galipán.
Dionys: Buenos días Adelaida ¿Cómo estás?
Hoy 12 de junio del 2025, estamos acá en la
comunidad de Manzanares, haciendo ese diálogo
necesario con las mujeres de Galipán. Un trabajo
que venimos haciendo desde el año pasado desde
San Francisco hasta San José. Y queremos desde
las voces de las mujeres, escuchar sus experiencias,
sus vivencias y ¿Cómo ha sido su vida acá en
Galipán?, la historia, que la conecta este pueblo,
¿Cuáles son las costumbres o tradiciones de la
gente aquí en Galipán? Pero, primero queremos
que te presentes, tú nombre, ¿Cuántos años tienes?
Adelaida: Mi nombre es Adelaida Viana,
tengo 65 años, he vivido toda mi vida aquí en
Galipán y bueno espero vivir muchísimos años
más todavía aquí.
Dionys: ¿Cómo ha sido tú tránsito en
diferentes zonas de Galipán?
Adelaida: Bueno desde muy pequeños con mi
papá, primero vivíamos en San Isidro, después
en San Antonio, Manzanares. Otra vez en San
Antonio y ahora en Manzanares otra vez.
Dionys: ¿Cómo fue que llegaste aquí a este
lugar?
Adelaida: Después de la tragedia de Vargas.
Eh, yo tenía mi casa en San Antonio y bueno el
agua, la broma se la llevó, quedamos damnificadas
y entonces nos dieron estos terrenitos.
Dionys: ¿Recuerdas ese momento?
Adelaida: No, no quiero, pero es horrible.
Pero sí. Yo perdí un hermano ahí, él de la foto.
Dionys: Pero ¿Decidiste quedarte aquí?
Adelaida: Si, me gusta mucho Galipán, bueno
siempre me ha gustado y nací aquí arriba en
Galipán.
Dionys: ¿Por qué te gusta tanto Galipán?
Adelaida: Por su clima, por su gente, porque
bueno aquí tengo a casi toda mi familia. Y es que
no hay nada como Galipán. La tranquilidad, este
es un sitio muy tranquilo. Las personas son muy
unidas, nos ayudamos pues entre todos. Y bueno
es bello, Galipán es bello. Es un paraíso, como no
me va a gustar vivir aquí, aquí me quedo.
Dionys: ¿Cómo fue tu infancia Adelaida? ¿Tú
papá y tú mama son de aquí de Galipán?
Adelaida: No, mi mamá es de Guarenas. Ellos
llegaron aquí pequeños pues. Mi abuela los trajo
pequeños. Y mi papá, mi papá si era de aquí de
Galipán.
Dionys: Recuerdas sobre las primeras personas
que poblaron Galipán. Algún cuento que te dijera
tu abuela. ¿Quiénes poblaron este espacio?
Adelaida: Bueno, los españoles, casi todos
eran españoles que empezaron a poblar Galipán.
Después empezaron a llegar otras personas.
Somos descendientes de españoles también. Porque
tenemos mucha familia que es descendiente
española.
Dionys: ¿Cuáles son las costumbres o las
tradiciones más arraigadas de Galipán?
Adelaida: Las tradiciones, bueno los juegos
de papagayos, juegos de bolas criollas, canicas,
metras. ¿Qué otra cosa? perinolas, esos son los
juegos tradicionales. Los dulces tradicionales de
Galipán: cabello de ángel, durazno e higo.
Dionys: Y sobre las comidas tradicionales,
emblemáticas de Galipán. Cuando uno dice voy a
Galipán. ¿Qué debo comer en Galipán?
Adelaida: Bueno, aquí mayormente el
galipanero, galipanero, así de más atrás de mí.
La gente bueno come cochino. De los platos
tradicionales pabellón, eso ha sido en todas partes
y aquí en Galipán más.
Dionys: En San Francisco nos hablaron de las
caraotas.
Adelaida: Caraotas, si, arroz, plátano y carne
mechada. Y cochino, que siempre mataban en
diciembre y eso, era una tradición.
“Lo que más uno tiene que querer es la tierra”
Figura 2: Adelaida Viana en su sembradío de café - Galipán.
Fuente: Fuente: Rivas y Aguiar (2025).
Cuando el tiempo nos brinda la plenitud de lo
hermoso y lo tranquilo, se viven los detalles del
lugar como testimonio de la sencillez del paisaje.
La imaginación impregna movimiento al fruto de
la tierra, esta se hace crepúsculo, luz, neblina,
belleza, aire y alimento para la vida.
Nuestro ser se impregna y estremece en el
movimiento vivo de la florescencia y el valor
del árbol y la vida vegetal. El espectáculo de la
existencia subyace en el espectáculo natural que
se fragua en la tierra, en la penetración de la
semilla, las raíces que germinarán, las hojas que
brotarán, las flores que nacerán y el fruto que
nos alimentarán en una fiesta de placer y belleza
que arde en las montañas y en la calma de la
imaginación que renueva el brote del bosque y su
sabiduría: “La vida vegetal, si está en nosotros,
nos da la tranquilidad del ritmo lento, de su
gran ritmo tranquilo. El árbol es el ser del gran
ritmo, el verdadero ser del ritmo anual (. . . ) el
más seguro, el más rico, el más exuberante en
sus manifestaciones rítmicas” (Bachelard, 2012, p.276).
Estacionarse en el tiempo de la naturaleza, es
el tiempo apacible en la montaña de Galipán que
permite la renovación constante de las raíces, la
sonoridad del viento y el aroma de las flores en
el silencio lírico de la imaginación que siembra
el árbol de la vida. Vamos a dejarnos llevar por
estos parajes, mientras conversamos a la sombra
del tiempo y el aroma a café como compañía:
Dionys: Adelaida cuéntanos ¿A qué te dedicas
ahora?
Adelaida: Ahorita, bueno al cultivo del café.
Cultivo y proceso café.
Dionys: ¿Nos puedes contar un poco cómo
desarrollas esta actividad?
Adelaida: Bueno, empecé con un muchacho
del Guárico que me motivó pues. Y pensando
qué bueno que uno va envejeciendo y ya el
trabajo de campo es muy pesado para uno. Porque
yo sembraba anteriormente caraota, maíz, todas
esas cosas pues. Pero, quería una siembra así
permanente, que durará muchísimo más. Y él me
motivó, me dijo que el café. Y bueno me trajo
un kilo de café de allá del Guárico y yo hice mi
semillero, arreglé mis maticas, acomodé mi terreno
y empecé a sembrar mis maticas.
Dionys: ¿Y si se dio la tierra para sembrar el
café?
Adelaida: Y si, bien bueno se ha dado el café.
Cultivo café, recojo café. Lo recojo, lo proceso hasta
llevarlo a la tacita.
José Gregorio: Adelaida mi nombre es José
Gregorio, no me presente cuando llegamos. Te di la
mano, pero no te dije mi nombre. Y quiero volver
de niña. ¿Con quién tenías afinidad con tu mamá
o con tu abuela?
Adelaida: Con las dos. Pero, más con mi
abuela.
José Gregorio: ¿Y ellas también sembraban?
Adelaida: Si.
José Gregorio: ¿Y tú sembrabas con ellas de
niña?
Adelaida: Sembraba con ellas.
José Gregorio: ¿Era como un juego para ti?
Adelaida: Si
José Gregorio: ¿Y todavía sigues jugando?
Adelaida: Ay, si todavía, y mientras pueda
lo sigo haciendo. Yo también tuve unas siembras
de fresa, también aquí bien bonita. Pero, eso, el
problema de las fresas es que lleva mucho químico,
mucho fertilizante y eso, porque ahorita siembras
una matica y se la come la plaga y eso.
José Gregorio: Fíjate lo que hablamos allá
afuera, cuando me mostraste el sembradío de café,
de repente esa es la respuesta, que como de niña
la siembra era un juego, permaneces sembrando,
y el tiempo no pasa, la edad no pasa, porque es el
juego de niños, no será esa la respuesta.
Adelaida: Eso en parte sí. En parte, porque
bueno lo que acostumbran. Eso lo mantiene a
uno, como se dice energético, vivo y es la tierra,
es la tierra la que uno sabe que de la tierra
vivimos, porque lo que nos comemos lo produce
la tierra y bueno eso es lo que más uno tiene
que querer, la tierra y la producción, lo que uno
puede hacer en ella y con amor. Porque yo soy
una enamorada no solamente del café, de esas
plantas así, de las flores. Me gustaba más Galipán
antes que ahora, ¿Por qué? Porque antes era, tu te
parabas en cualquier sitio de Galipán y veías esos
sembradíos llenos de flores bellísimos, claveles,
girasoles. Ahorita hay, pero muy poco. Y que esto
se ha convertido como en una selva entre pinos
y eucaliptos y esas cosas, que la gente ha ido
sembrando pues. Y siento como que los jóvenes, no
tienen ese apego hacia la tierra pues, no siembran,
no les importa si está feo o está bonito. El pino
y el eucalipto es una planta que tu sembraste y
solamente tienes que eliminarle el monte dos veces
al año, tres veces y la gente lo ve más cómodo.
Dionys: ¿No es de aquí el pino y el eucalipto?
Adelaida: No (contesta moviendo la cabeza),
el pino sí, pero el eucalipto no es de aquí. Ese vino
ya después con el tiempo.
Dionys: Y fíjate, que la tierra es tan fértil que
acepta todo.
José Gregorio: Adelaida, si yo te pido que
me definas Galipán ¿Qué me dirías?
Adelaida: Bueno, lo definiría como un
paraíso, o sea, una bendición de Dios o algo así,
demasiado grande. Yo amo a Galipán.
José Gregorio: Nosotros también. ¿Cuál es
su cualidad? Si, yo te digo con que se identifica
Galipán ¿Qué me dirías?
Adelaida: Bueno, primero con su naturaleza,
su frío hermoso, rico que hay, porque de verdad es
lo mejor que tiene, el clima, la altura, lejos de la
ciudad. Sano, es un sitio sano, un sitio tranquilo,
todos nos conocemos. A pesar de estar distantes,
somos prácticamente una sola familia, porque si
uno tiene un problema, es como de todos pues,
todos nos ayudamos.
Dionys: Si, es que nos sorprende como se
conecta la gente de Galipán desde allá arriba hasta
acá abajo.
Adelaida: Si, es que en cada sector tenemos
familia y todos somos familia de alguna manera.
José Gregorio: Fíjate, eso es lo que define
el amor. El amor es eso que tu problema sea mi
problema y que tu alegría sea mi alegría y eso
es lo que define el amor. Y tu acabas de decir
que Galipán es amor, porque el problema del que
está en San José es el problema del que está en
Manzanares y la alegría del que está en San Isidro,
es la alegría del que está en San Francisco.
Adelaida: Es cierto, así yo veo mi Galipán,
ese Galipán hermoso.
José Gregorio: Y si yo te pido que te definas
a ti misma. ¿Cómo te definirías?
Adelaida: Me defino como la persona más
afortunada de esta tierra, gracias a dios por vivir
en Galipán.
José Gregorio: ¿Cuál es tu cualidad más
hermosa?
Adelaida: Mi cualidad más hermosa ¿Me
la definiría yo misma? No creo. Bueno, mi
cualidad más hermosa es que yo soy muy, como se
dice, yo soy el alma por ejemplo de mi sector.
Ayudo a muchas personas, como se dice, no
económicamente, sino solidaria, las ayudo si
tienen algún problema, si tienen algún, como se
llama, si están en una situación que no saben qué
hacer, siempre me piden consejos a mí, entonces
yo soy como la consejera de ellas.
Dionys: Adelaida ¿Por qué tu escogiste este
lugar para vivir? Nos contabas que tu sembraste
toda esta zona.
Adelaida: Escogí este sitio, primero porque
estaba cerca de mis hermanos. Y porque esta zona
se veía como una isla, ahorita es que está un poco
más poblada, se veía como una isla, donde yo tenía
tantas ilusiones de hacer mi casita, el terreno,
sembrar, ósea una isla donde no tenía ese monto
de gente montada así al lado, que eso lo que trae es
problema, porque realmente uno vive amontonado.
Pero, me gusta eso, lo vi así, muy lindo este sitio.
Dionys: ¿Y lo sembraste?
Adelaida: Y lo sembré. Yo he sembrado por
muchísimos años, ya tengo años sembrando, pero
ahora tengo la nueva siembra que es de café desde
hacen como seis años para acá, seis o siete años.
“Yo les veo a ellos amor hacia la tierra también a los nietos, a mis hijos”
Figura 3: Adelaida Viana con sus flores - Galipán.
Fuente: Fuente: Rivas y Aguiar (2025).
La entrega de la memoria es la expresión más
pura del esfuerzo de restaurar el “conocimiento
sensible”, que capta la realidad de manera
inmediata a través de la intuición, para aprehender
la sabiduría humana en la gran aspiración de
la noción de comunidad o en la noción del bien
común, la cual responde: “a una doble dimensión
espiritual y social que viene a constituir un todo
con respecto al cual se halla el bien particular de
los grupos y de los individuos (. . . ) cuyo cuadro
de valores específicos del bien común se encuentra
coronado por el Amor” (Rodríguez, 1980, p.51-52).
Estos relatos, consagran la entrega del amor
a la tierra y los saberes para acariciarla en el
afán de que sostenga la vida propia, la vida de la
familia, la vida de la comunidad y como legado
recibido a otorgar para existir en comunión y en
diálogo recíproco para constituir un “nosotros”
que honre la memoria heredada: “se produce una
totalidad espiritual en la cual las personas se
desarrollan hasta su plenitud” (Rodríguez, 1980, p.61). Disfrutemos de esta experiencia narrativa:
Dionys: Adelaida nos decías, que tú traes
la tradición de la siembra de la enseñanza de
tu abuela, tu mamá, a pesar de tu edad sigues
haciéndola. ¿Qué pasará con esa tradición en un
futuro? ¿A quién se le hereda?
Adelaida: Bueno, a los hijos míos no les gusta,
para ellos dicen que eso es un trabajo de esclavos,
trabajar la tierra, no le tienen ese amor a la tierra.
¿Qué va a pasar? Bueno, eso se va agotando. Son
muy pocas las personas que trabajan la tierra.
Dionys: ¿A quién les dejas tú esos saberes?
Adelaida: Bueno, yo tengo un nieto que le
gusta, que le encanta eso. Pero, no se sabe cuándo
crezca, cuando este grande y mis nietas.
Dionys: Por ejemplo, esos secretos de la
siembra, a quien se los dejas, porque eso tiene sus
secretos, sus formas. La idea es que saber pueda
ser entregado a las nuevas generaciones.
Adelaida: Si, enseñárselos a ellos. Bueno, a
mi hijo menor él trabaja conmigo con la broma
del café. Él es el que tiene toda la máquina. A
él si le gusta eso, pero trabajar, trabajar como
tal la tierra como tal no. Él es el que me ayuda
económicamente para pagar a la persona que
limpia el café, que hace ese trabajo pues.
Dionys: ¿Y lo vendes? ¿El café lo vendes?
Adelaida: Si, por aquí mismo.
José Gregorio: Adelaida, como te imaginas
el Galipán de mañana. Tú nos decías que quieres
vivir muchísimos años y ojalá así sea. ¿Cómo
te imaginas el Galipán de mañana? ¿Cómo te
imaginas a tus nietos? ¿Cómo te imaginas el
parque completo? ¿Cómo te imaginas a tus hijos?
Cuéntanos todo eso.
Adelaida: Gracias. Bueno mira, yo sé que mis
nietos, mis hijos, los sobrinos y todos ellos, el
futuro, ellos directamente no van a trabajar tierra,
ni nada, porque bueno la mayoría están estudiando
y son profesionales algunos y bueno tienen otra
forma de vida. Pero, yo sé que a ellos siempre le
queda que la tierra es la que realmente dá, la tierra
es la que hay que querer, tenerle ese amor. Y ellos
a través así sea como se dice pagándole a alguien
que haga lo que ellos quieren hacer, pero no lo
hacen pues, porque tienen otras ocupaciones, pero
si yo les veo a ellos amor hacia la tierra también
a los nietos, a mis hijos.
Figura 4: Adelaida Viana procesando café - Galipán.
Fuente: Fuente: Rivas y Aguiar (2025).
Dionys: Y eso es porque tú se los ha enseñado,
¿verdad?
Adelaida: Si, en específico a mi nieto varón
más pequeño.
Dionys: ¿Qué le has enseñado a él?
Adelaida: Sembrar, como sembrar unas
maticas de café. Él ha sembrado conmigo, él
siempre se pone a sembrar maticas conmigo, le
encanta las maticas de fresa que se las siembre y
yo se las riego y las cuido para que él vea cómo
van creciendo. Él me dice que esa es su herencia.
Dionys: ¿Qué te dice tu nieto Adelaida?
Adelaida: Él me dice, yo quiero que mi
herencia sea una mata de fresa tuyas, me dice
que todas, las quieres todas. Esas son mías, esa es
mi herencia que tu me vas a dejar, porque eso es
lo que me gusta.
José Gregorio: Oye que bonito, hay está
garantizado que se mantenga el cultivo.
Adelaida: A él si le encanta eso. Y, bueno,
el otro, que él está estudiando ahorita medicina,
a él también le encanta desde pequeño ha estado
más conmigo, Jorman se llama él, es de mi hijo
mayor, a él también le gusta el trabajo del campo
y lo ha hecho también y aquí me ayudaba mucho,
porque a él si le gusta también. Yo tengo nietos que
le fascina, que le encanta ese trabajo de la tierra
y le encanta los animalitos, que si tener conejos,
conseguir y cuidar animales pues.
José Gregorio: Y estamos seguros que el
Galipán de mañana con la mano tuya está
garantizado.
Adelaida: Siempre van a tener, por lo menos
de mi parte el apoyo ellos, y sé que también lo van
transmitir. Y tengo sobrinos que también les gusta.
Yo tengo sobrinos que viven en Antímano y ellos
están sembrando café también y todas esas cosas
en Antímano.
La germinancia del patrimonio emerge como
un nuevo valor patrimonial que identifica las
cualidades propias de la herencia para trascender
su origen geográfico y temporal. Más allá de
la concepción estática de la conservación, la
germinancia concibe al patrimonio inmaterial
como un movimiento, como un verbo que se
pronuncia en gerundio, aludiendo así, a la mujer y
al hombre que, al desplazarse a nuevos territorios,
no se degrada ni se pierde, ni cambia, sino que
brota con una identidad renovada. Es la esencia de
lo heredado actuando como una semilla resiliente
que, al entrar en contacto con nuevas realidades, se
adapta y florece, integrando la savia del presente
para mantenerse joven, relevante y sobre todo,
profundamente vivo.
La germinancia del patrimonio, entonces, es un
patrimonio vivo y en desplazamiento, rompiendo
así, con la idea de aquel patrimonio que alude a
la memoria. Aquí es un ejercicio de vida. Tal y
como lo señala Smith (2006), “el patrimonio no
es una cosa o un sitio, sino una práctica cultural”
(p. 162). Adicionalmente, hace referencia a que el
patrimonio es lo que hacemos, no lo que tenemos.
Develando la propiedad de la semilla de ser cambio
permanentemente, a la vez que no es estática, sino
que se mueve por todas las tierras donde pueda
hacer lo propio. Finalmente, la germinancia es una
manifestación viva del individuo y su hacer, sea
cual fuere el lugar donde esté.
Y como las semillas que viajan en las mujeres
y hombres de todos los tiempos, continuemos
leyendo la entrevista conversacional de estos
amigos de las montañas:
José Gregorio: Ese es otro valor patrimonial
emergente que hay que darle un nombre, ver la
continuidad, la herencia.
Adelaida: Si señor, porque mi hermana es
galipanera y a ella le fascina la tierra también y
ella se llevó su cultura para allá, su obra de siembra
y eso pá Antímano y ella siembra. Antímano eso
es un barrio prácticamente donde ellos viven y el
terreno donde ellos viven es bellísimo porque tienen
siembra, tienen café, tienen plátano, cambur,
bueno yo aquí también. Eh, siembran maíz y mi
sobrino yo lo veo a él yo lo veo como un genio,
porque es que se las inventa, él hace las trilladoras
esas de café, las hace él, compra todas las bromas,
no sé si las ve por internet, pieza por pieza y esa
unas bellezas y él también tiene amor a eso.
José Gregorio: ¿Las trilladoras que hace?, lo
que lo muele.
Adelaida: La que le saca la conchita esta, la
segunda conchita. Déjame ver para enseñarte lo
que se llama trillar, pero tengo que hacerlo con
uno solo. Mira, es quitarle esta otra conchita. Eso
es lo que queda. Esto es el café.
Eso tiene como cinco procesos. Porque primero
recogerlo, después expulparlo, después ponerlo a
secar durante varias semanas, después trillarlo que
es quitarle esta conchita, después de esto tostarlo,
después yo lo envaso y después lo voy moliendo.
El amor suele definirse como un ejercicio o
experiencia emocional individual, centrada en el
vínculo afectivo hacia otro ser individual. En lo
alto de las montañas o donde la mar hace orilla,
la palabra se expresa en el arraigo a la tierra, el
amor surge en la mirada de lo colectivo, de una red
de acciones donde el lenguaje descansa en la voz
compartida, en la cascada de sueños que se funden
en un “nosotros”, en la fuerza y el equilibrio que
ejercemos para fortalecer la comunidad y el apoyo
mutuo en el espacio familiar que trasciende las
dimensiones del tiempo y el espacio.
Este conocimiento sensible que emana de los
mitos en torno a la tierra, el amor es el vestigio
evidente y observable de la unidad originario del
ser humano con la memoria de la tierra:
Los mitos surgían de la tierra, abriéndola para que con el ojo de sus lagos mirara el cielo (. . . ) Los mitos encontraban así de inmediato las voces de los hombres (. . . ) El hombre expresaba la tierra, el cielo, las aguas. El hombre era la palabra de ese macro – antropo que es el cuerpo monstruoso de la tierra (. . . ) el mundo es cuerpo humano, mirada humana, voz humana (Bachelard, 2011, p.282).
Aquí, convocamos al amor para despedirnos de
Galipán y su gente:
Dionys: Adelaida, danos un mensaje final, un
mensaje bonito sobre Galipán, sobre tu vida. Un
mensaje que quedé para la posteridad. Un mensaje
que les quedé a tus nietos, a los que puedan ver
este vídeo.
Adelaida: Que mensaje le pueda dar yo a
Galipán. Bueno, el mensaje que yo le doy, sobre
todo a mi gente aquí de Galipán, es que no se
pierdan las tradiciones, las costumbres, que eso
tiene mucho valor, el valor más grande “el amor”,
el amor hacia esta tierra tan bella que de verdad
Dios nos premió, por darnos este lugar para vivir.
De verdad que es demasiado hermoso. Yo por
ejemplo lo amo, lo amo de verdad y todo en él
es bonito, el viento, el agua, el sol, todo lo que
venga es bello, porque es en Galipán. De verdad
que sí, dígame cuando hay esos días así nublados,
que uno no ve nada de aquí para allá, bien bello.
Entonces, bueno que no pierdan las costumbres, las
tradiciones. Ahora sí, voy a mostrarles.
Nosotros, no queremos que esta narrativa
sea solamente leída, sino que sea sentida, que
trascienda en la tradición y la oralidad. Que no sea
un recuerdo de algo que se aloje en una memoria
breve de una lectura fugaz, sino que toque el alma
de todas las voces que hemos conocido en estos
lugares.
Las huellas de la mujer galipanera no solo
habitan en la montaña que se observa desde
Caracas, la entroniza. Es por ello que la herencia
deja de ser una transferencia de símbolos, se
transfigura en un proceso vivo, que se hace un hoy,
momento a momento (Aguiar, 2023, p.29). Aquí,
la tierra donde se siembre el café y la flor de cayena
que delinea un lindero, dejan de ser aquello, para
transfigurarse en lenguaje, resistencia, arraigo,
aromas y amor.
Figura 5: Adelaida, Dionys Cecilia Rivas Armas y José Gregorio Aguiar López.
Fuente: Fuente: Rivas y Aguiar (2025).
Descifrar Galipán desde esta perspectiva es
reconocerla como esencia viva (Aguiar, 2018, parr. 111), tiene cuerpo y a la vez, tiene aliento.
Es flor y a la vez perfume que se confunde en
la niebla, quedando suspendido en el aire para
que todos la perciban. El paisaje está allí, sin
embargo, es tu compañero cuando caminas desde
Manzanares, visitando a Judith Guevara, hasta
San Isidro, para buscar un carro de montaña que
sirva de transporte de regreso a casa. Es identidad,
es sentimiento y es altura: Un hogar donde
todos queremos vivir. Y cuando nos referimos a
“reconocerla”, es porque consideramos que Galipán
es mujer.
Gracias a la mujer galipanera, hemos sido
tocados, a su vez, por nuevos valores, por valores
emergentes, que se tejen, destejen y entretejen
(Cadenas, 2014, p.65), a partir de una geografía
que se hace diluble, un tiempo que se abstrae
y de un amor que se saborea, cual, si fuera
un café humeante, cuyo escenario es la niebla.
Estas resonancias sentidas aluden a los ecos de
estas praderas y a las subjetividades de nuestras
emociones: sus espectadoras son las mujeres
galipaneras. Sin haberlo tenido planteado, hemos
sido testigos de la humanización de las flores,
de los sembradíos de café, de los senderos y de
los recuerdos de las mujeres en la montaña de
Galipán. Ellas les dan vida y las sienten presentes
en los lugares preferidos de su casa. Allí estuvimos
nosotros, junto a ella, junto a ellos, todas esas
entidades que le acompañan en cada momento.
Así, la palabra “amor” está dentro de la palabra
“aroma”, o más bien, se acompañan mutuamente,
perennemente, haciéndose transmaterialidad,
como la mujer, como Galipán.
Sesenta y cinco años han transcurrido para que
Adelaida Viana, mujer galipanera, floricultora y
caficultora, haya erigido una historia maravillosa y
trascendente. En ese transitar Adelaida nos cuenta
su historia, se materializa en tres hijos: una hembra
y dos varones, los cuales hacen de sus vidas el
reflejo de lo que su tierra inspira. Ella se trenza
en las cayenas, mira al mar y cuida del sembradío
de flores y café. En su acogedora casa transcurren
sus días y vive sin tiempo, siendo caricias, como
las brisas frescas de Galipán.
Aguiar López, J. G. (2018). Nuevos valores del patrimonio. Epistemes emergentes. Revista Caribeña de Ciencias Sociales, (julio). https://www.eumed.net/rev/caribe/2018/07/patrimonio-epistemes-emergentes.html
Aguiar, F. (2023).Sistematización de experiencias y método de proyectos de aprendizaje: vidas historiadas como metodología investigativa. Fondo Editorial CEIPA. https://hdl.handle.net/20.500.13018/396.
Bachelard, G. (2011). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.
Bachelard, G. (2012). El aire y los sueños. Fondo de Cultura Económica.
Cadenas, R. (2014). Naiguatá. Un espacio histórico y cultural para tejer y destejer las tradiciones. [Tesis de doctorado]. Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Instituto Pedagógico de Caracas.
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